EDITORIAL
El espectáculo político de estas semanas en Dos Hermanas no es solo vergonzoso: es insultante.
El caso Salazar ha sacado a la luz no un fallo puntual, sino toda una maquinaria de poder construida durante décadas para proteger a los “intocables”. Y dentro de esa maquinaria, el feminismo ha sido utilizado como atrezo: una bandera bonita para el balcón institucional, pero completamente vacía cuando las víctimas señalan hacia dentro.
La reacción de Francisco Toscano es la prueba viviente de esa doble moral.
El exalcalde, que gobernó esta ciudad como si fuera una finca privada, ha salido a decir que “le cuesta creer” las acusaciones contra Salazar. Qué casualidad: siempre cuesta creer cuando el señalado es alguien del círculo, alguien criado políticamente bajo su sombra, alguien a quien él mismo colocó en la antesala del poder.
Pero la frase no es inocente. Es un mensaje:para los nuestros, comprensión; para las víctimas, dudas. Ese es el feminismo de plastilina.
Y lo más sangrante: cuando la alarma ha sonado, en lugar de asumir responsabilidades, dirigentes como Francisco Rodríguez, actual alcalde de Dos Hermanas han defendido lo indefendible. Este alcalde no se limitó a decir “no sabía nada”: públicamente aseguró que pone “la mano en el fuego” por Salazar, su “amigo”.
Esa frase no es una defensa entre compañeros: es un escudo de impunidad, una apuesta de valor sobre la credibilidad de las víctimas, y una bofetada moral a cualquier concepto de feminismo real.
Cuando un político se atreve a proclamar su confianza ciega en alguien acusado de acoso sexual, está declarando que las denuncias valen menos que sus alianzas. Está legitimando el ocultamiento. Está diciendo que él, su “amigo”, merece más protección que las mujeres que alzan la voz.
Ese juego sucio —de complicidades, silencios estratégicos y reputaciones blindadas— es lo que ha permitido que Salazar, durante años, recibiera sueldos públicos sin trabajar realmente, según está investigando la justicia.
Nos enfrentamos a un sistema: no a un error puntual. Un sistema que coloca primero la lealtad de partido, las amistades, las redes internas… y deja las víctimas arrinconadas en un anonimato conveniente.
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Feminismo de escaparate: igualdades para la galería, impunidad para los poderosos
Es fácil posar con consignas de igualdad en actos públicos. Es fácil hablar de derechos cuando no hay riesgo. Pero cuando la realidad toca de cerca, cuando los nombres salen del círculo íntimo, ese feminismo de escaparate se desmorona.
En Dos Hermanas —y en sus estructuras de poder— el feminismo ha sido un traje que se pone para imagen:
En eventos institucionales, reivindicaciones de cartón, discursos vacíos, pero nunca para desafiar el “status quo”, para sancionar a los cercanos, para limpiar lo que huele a podrido.
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